BIENVENIDOS AL PLANETA MARTINIANO

14 DE FEBRERO, BUENOS AIRES.

Dos colchones en él suelo, ropas tiradas alrededor de ellos, del lado derecho un espejo. Acostado, posición cuerpo a tierra. El cuarto estaba encendido, al igual que el día. Las ventanas abiertas de par en par reflejaban un brillante sol. Él, impedía paso a las nubes que decidían acercarse. Inti coqueteaba de forma brusca con mi ojo izquierdo. Todo parecía predecir un buen día. Salvo por una cosa, yo. Me encontraba sin nada para hacer.

El jugador bobo latía fuerte, enviando unos puñetazos veloces e impactando bruscamente a mí delantera. No podía dormir y sí lo hacía, despertaba al instante de un salto. El pelo presentaba una grasa último modelo. Rey hocico, tapado. Negaba el paso a olores malditos. Mis oídos pedían por favor un alma que quiera jugar con ellos, ¿dónde se encuentra dios, cuando uno está solo?

Mi áspera boca reclamaba agua y unos besos de desayuno. Codos que crujían en búsqueda de almohadas. Los pies estaban helados, vaya saber cuántas horas permanecí allí tirado. Mi agobiado cadáver, inmóvil.

Perezoso joven, percibí en el reflejo.

- “Esto quedó de mí? Mejor cierro los ojos, me canse de ver mierda”.

Suena el teléfono por octava vez, era Comodoro. Me recordó que hoy no podía venir a visitarme. Nada nuevo. Era catorce de febrero (lo había olvidado por completo) por supuesto, él, debía cumplir sus labores matrimoniales y lo entendí, aunque mi respuesta haya sido un inentendible balbuceo.

Al apoyar el teléfono en el suelo, fue imposible no recordarla. Jornada comercial, difícil de esquivar, viviendo en la maquinaria capital. Sin embargo, eso no impedía que el fantasma de su partida me invada.

Catorce, cuarenta y uno, catorce, cuarenta y uno, catorce, cuarenta y uno. Mismos números, diferente posición. Día de los enamorados, San Valentín. En su momento fui por él, y volví con resaca.

Quizá esta vez vaya por una botella.


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